El Estado – Raphael Bergoeing

Es uno de los pocos países exitosos en lo macro, pese a ser esencialmente productor de recursos naturales. Su tamaño, con escasos 18 millones de habitantes, y su concentrada canasta exportadora, que con tres productos agrupa la mitad de sus envíos al extranjero, limitan su crecimiento potencial. Y, sin embargo, según el Banco Mundial, durante las últimas tres décadas ha pasado de ser una economía de ingreso mediano bajo a una de ingreso alto, aumentando su producto por habitante ajustado por paridad desde 7 mil dólares en 1992 hasta 25 mil en la actualidad. Es la República de Kazajistán, fundada en 1991 y situada en Asia Central y Europa. Y es también Chile.


La moraleja es que el camino hacia el desarrollo no es único. Por ejemplo, enfocado en el mercado, como en Chile, o en el Estado, como en Kazajistán. Asimismo, los recorridos de Irlanda, Corea del Sur, Finlandia y Nueva Zelanda tienen sus particularidades. El que siga Chile también deberá tenerlas.

Pero que haya especificidades no obsta que abunden las lecciones. Para cerrar la brecha que nos separa de los países más avanzados, lo principal es aumentar nuestra productividad. Y ello requiere que las dos instituciones más importantes en una economía moderna, el mercado y el Estado, funcionen adecuadamente. Para que el mercado funcione bien, debe ser competitivo. De este modo, se promueve un crecimiento alto y virtuoso, con productos de mayor calidad, más variados y a menores precios. Además, las ganancias se reparten más igualitariamente. Pero en una economía pequeña, como la nuestra, las prácticas anticompetitivas son un peligro permanente.

De hecho, en el Informe Anual 2017 de la Comisión Nacional de Productividad se muestra que, mientras la brecha de productividad de las empresas pequeñas en Chile respecto a las pequeñas en la OCDE es 2 a 1, la brecha de las empresas grandes entre Chile y la OCDE es 3 a 1. Estas últimas parecen estar demasiado cómodas en Chile. Así, su incentivo a innovar, que es una actividad riesgosa, es bajo, y el emprendimiento, escaso.

Esto es costoso pues, aunque durante las próximas décadas muchas empresas que hoy explican una parte relevante de su industria seguirán, la mayor parte de las ganancias en productividad debiera ocurrir en las pocas empresas nuevas, altamente dinámicas, que desafiarán exitosamente los paradigmas existentes.

Con adecuada regulación la autoridad debe corregir las fallas de mercado. Pero las fallas del Estado, que abundan, son incluso más exigentes, en la medida que concentran, en un mismo lugar, al responsable de su existencia y de su solución.

Con todo, modernizar el Estado es el mayor desafío actual. Tanto para garantizar que el mercado funcione bien, como para cumplir con las múltiples y complejas tareas que, en un país realmente desarrollado, requiere lo público.

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